La naturaleza no diseña para ser observada a distancia. Diseña para ser tocada.
Una piedra de mar nace del tiempo. Del roce constante, del pulido paciente, de la insistencia del agua. No busca forma: la encuentra.
Cada borde suavizado es memoria del movimiento, cada textura es registro de un viaje largo y silencioso.
Llevar una piedra de mar cerca de la piel no es un gesto decorativo. Es una forma de anclaje.
Un recordatorio físico de lo esencial, de lo que permanece cuando todo lo superfluo se retira.
La piel reconoce lo orgánico. El cuerpo entiende lo que la mente a veces olvida.

Esta piedra fue encontrada en la Playa Mansa, en Punta del Este, Uruguay.
No fue elegida por su perfección, sino por su verdad. El mar hizo su trabajo. El tiempo también.
Hay objetos que no se poseen. Se acompañan.
Proximamente será una pieza que andará de Chijete.
